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viernes, 16 de junio de 2017

Cholitas peleadoras, el mayor espectáculo de El Alto

Ya sabes que al viajar debes estar preparado para todo tipo de sorpresas. Pero si son como la que te voy a contar y que puedes experienciar en la capital boliviana, te espera un buen shock seguido de unas risas aseguradas.

Lo que empezó como una curiosidad o broma, ha terminando convirtiéndose en uno de los espectáculos más queridos de La Paz tanto para los locales como para los viajeros que deciden asistir al show. Pero vamos por partes, ¿quiénes son las cholitas y por qué han acaparado el protagonismo en un deporte eminentemente masculino?

Las cholitas: de parias a símbolo reivindicativo de una clase

“Chola”, o “cholita” es el nombre con el que de forma despectiva cierta gente aún se refiere a las mujeres de etnia aymara de las clases más humildes. Debido a la falta de recursos, han sido tradicionalmente relegadas a trabajos manuales y poco agradecidos, como vendedoras ambulantes o sirvientas en casas particulares. Además fueron obligadas a llevar el atuendo que las ha hecho famosas: bombín, chal, traje de varias capas, enaguas y zapatos de tacón. La razón de que les hicieran llevar esta ropa era la de intentar “europeizarlas”, ya que sus rasgos indígenas no eran del agrado de las clases ricas.

Hoy en día, a pesar de que quedan bastantes mejoras por hacer para reducir la exclusión social, los movimientos campesinos y de las clases más pobres se han hecho con el poder, con el mediático Evo Morales a la cabeza.

Las cholitas han sabido aprovechar esta oportunidad para ser protagonistas de su propio cambio social: su imagen, que antes soportaban con resignación y vergüenza, ha mutado en un icono de la transformación social de un país. Lo que antes sufrían como un lastre, ahora es un símbolo de su identidad y la enseña de la superación que han logrado conquistar.

Hoy en día muchas cholitas ocupan puestos de responsabilidad en el gobierno, en empresas y hasta algunas son cotizadas modelos. De hecho, muchas mujeres se visten de cholita aunque no sean aymaras; han conseguido darle la vuelta a la situación y ser ellas las protagonistas del ahora.

Fuente: Destino Ikigai
https://www.destinoikigai.com/cholitas-luchadoras-la-paz/



miércoles, 28 de diciembre de 2016

Cholitas Luchadoras entre sillas y un par de botellazos

En la ciudad de Sucre, el escritor y poeta boliviano Alex Aillón asistió a una encendida jornada de Titanes del Ring y las Cholitas Luchadoras, uno de los espectáculos más peculiares del país andino, sino del mundo entero. Esta es la crónica de las palizas y acrobacias que presenció en el Coliseo Edgar Cojintos, donde además debió eludir alguna silla voladora y, por involucrarse más de la cuenta, bancarse un par de botellazos.

Primera caída
(la paliza sin fin)

Apenas nos dimos cuenta y de pronto los titanes Mercenario y Wallas le están dando ya una paliza que parecen dos palizas, tres palizas, mil palizas, a la travesti Carla Greta. La están agarrando a patadas en el suelo, una patada tras otra, mientras Carla Greta se retuerce de dolor y el público abuchea a los dos rudos que no están mandando el mensaje correcto a las próximas generaciones. ¿Pero a quién demonios le importa eso ahora? No, los rudos no se van a detener a analizar cuestiones de ética y moral en este momento, todo lo contrario, intensifican la lluvia de patadas: la paliza debe continuar, eterna, demoledora.

Sí señores y señoras, bienvenidos al show de Titanes en el Ring y las Cholitas Cachascanistas de Bolivia, el show más peculiar del universo, un show que mezcla lo transgénero, lo intercultural, lo bizarro, lo machista, lo feminista, lo grotesco, lo profundamente boliviano, lo profundamente no boliviano, lo platónico y lo aristotélico, lo barthiano y lo monsivaiano; en suma, todo el teatro griego, mexicano, aymara y demás metafísicas postestructuralistas y postcoloniales que te puedas imaginar, para que nosotros estemos cómodos con el baño de sangre que se viene y que promete sacarnos algo de la bestia que tenemos dentro.

“Se trata, pues, de una verdadera Comedia Humana, donde los matices más sociales de la pasión (fatuidad, derecho, crueldad refinada, sentido del desquite) encuentran siempre, felizmente, el signo más claro que pueda encarnarlos, expresarlos y llevarlos triunfalmente hasta los confines de la sala. Se comprende que, a esta altura, no importa que la pasión sea auténtica o no. Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma.” (Roland Barthes, “Mitologías”).

Pero antes:

¡Dos papas fritas por favor! ¡Un algodón de azúcar, maestro!

Ahora están sacando a Carla Greta de los cabellos fuera del ring, la paliza adquiere niveles mitológicos y Roland Barthes jamás pasó por aquí, y todo a ojos vista de niños, madres, padres, abuelas, dulceros, sanducheros, nosotros mismos, que no sabemos si reírnos o qué carajos hacer con esta escena surrealista que nos está regalando la vida, así que mejor nos reímos a más no dar con toda la plebe.

Wallas toma de los cabellos a Carla Greta (eso ya lo dijimos), la jala hasta la puerta de salida, la tira contra la puerta con tanta fuerza que la puerta se abre con su cabeza que cae ya fuera del supuesto territorio de este evento charlatán, donde se libra la batalla eterna entre el bien y el mal, entre lo técnico y lo rudo, entre la máscara y la cabellera, entre la trusa y la pollera, entre lo real y lo aparente.

“Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón; se confía a la primera virtud del espectáculo, la de abolir todo móvil y toda consecuencia: lo que importa no es lo que cree, sino lo que ve.” (Roland Barthes, “Mitologías”).

Mientras tanto Wallas ha tomado un basurero y se lo está tirando con todo y contenido a Greta, y de paso unas buenas patadas y un sillazo para dejar claro que el asunto va en serio. Otra vez los perdemos de vista, todos se han parado para ver qué ocurre más allá del horizonte, pero entonces la que regresa con Wallas del pelo es Greta, o Greto, porque su sexualidad es ambigua, es un ser más de otra galaxia que de ésta y su nombre en el mundo real tampoco debe ser ese, pero una vez más, ¿eso a quién puede importarle? Y entonces comienza lo que todos estaban esperando: la venganza de la cholita Carla Greta.

Recordemos lo que le dijeron al Santo antes de que cambiara de nombre e identidad: “Tienes que ser tú mismo y para eso tienes que ser otro”.

La mujer/hombre Carla Greta también carece de piedad y resulta ser una voladora empedernida. Agarra a Wallas de las mechas y lo avienta contra las sillas. Luego vuela por sobre su cabeza y con unas tijeras aéreas —que nos hacen creer en los superhéroes de Marvel— hace que Wallas salga volando por sobre nosotros. De paso remata al Mercenario, que había estado disfrazado de árbitro hasta el momento, con varias llaves y una serie de contundentes cabezazos. Entonces la multitud aplaude a rabiar, el bien ha vuelto a triunfar sobre el mal, sobre la engañifa, sobre la corrupción, sobre la mala onda. No pasa muy seguido en la vida real.

“Las fuerzas universales en pugna, ocultas o evidenciadas en el gesto y la máscara, son ahora accesibles al gran público. Su manifestación, como en antaño, participa de los movimientos frenéticos y violentos pero al mismo tiempo de la norma y la estructura indispensables en toda llave bien lograda. Lucharán a dos de tres caídas sin límite de tiempo, en el centro del ring, con gesto adusto, como todo buen referee se encuentra Heráclito, quien como ningún otro supo inteligir que la guerra y la tensión entre los contrarios están a la base del orden del Cosmos. En cada esquina, Apolo y Dionisos, ¡qué gran nombre para un par de luchadores!” (Carlos Monsivais, “Los rituales del Caos”).

The Clinic


martes, 27 de septiembre de 2016

Cholitas luchadoras, muñecas y sus historietas

Transcurrían los primeros años del siglo XXI cuando para algunas mujeres de pollera cambió para siempre el concepto de lucha libre en Bolivia. Ellas conquistaron a fuerza de destreza un territorio dominado por hombres, y hoy su presencia dentro del cuadrilátero es un atractivo turístico internacional. Su poderío inspiró la creación de personajes y una historieta que pretende luchar contra la violencia hacia la mujer.

El arquitecto e ilustrador Boris Zuazo Meneses creó dos muñecas inspiradas en las cholitas cachascanistas: Lady Virlocha y Rudolfa. Ambas aguerridas combatientes en el ring representan, para su hacedor, a la mujer fuerte e independiente. Cuando termina el combate, sus heroínas tienen una vida que conlleva responsabilidades a pesar de las lesiones deportivas.

Más allá de hacer simples souvenirs decidió que, como las de carne y hueso, debía enfocarse en la valía y fortaleza que demuestran estas mujeres en una sociedad en donde la violencia contra la mujer y los feminicidios son moneda corriente.

El Observatorio de Exigibilidad de los Derechos de las Mujeres de la Defensoría del Pueblo informó que hasta el 5 de marzo de 2016 se registraron 20 feminicidios en Bolivia. Sin embargo, desde esa fecha alrededor de una decena de nuevos casos han sido registrados por los medios de prensa de todo el país.

Con esa premisa empezó a trabajar en la historieta Agárrate si puedes que cuenta cómo Lady Virlocha y Rudolfa tuvieron que superar situaciones de violencia de género desde la niñez. Zuazo espera presentarla en septiembre en el marco de la Feria Internacional del Libro de La Paz.

"Siempre he considerado que se puede educar a través de los muñecos, para mí tienen un fin didáctico. Las cholitas cachascanistas han nacionalizado la lucha libre y son valiosas en una realidad contemporánea plagada de feminicidios, machismo arraigado y una fuerte sexualización de la imagen de la mujer. Ellas luchan en el ring, pero también en la vida”, detalla Zuazo.

Su posición coincide con la de varias cholitas luchadoras que en el pasado se han pronunciado en contra del machismo.

Desde 2012, este arquitecto ha fabricado alrededor de 20 muñecos de tela relacionados a los saberes ancestrales de la cultura andina y el folklore boliviano bajo la marca El Muñeclon. Fabricó un kallawaya que en su interior guardaba diferentes hierbas que se utilizan desde tiempos milenarios para el tratamiento de dolencias.

Los muñecos se pueden adquirir en las ferias dominicales en El Prado donde también se venden los moldes para que cada persona puede rellenar, cocer y dar forma al personaje de su elección.

Página Siete


domingo, 4 de septiembre de 2016

Cholitas peleadoras auténticas heroínas del ring

El mundo de la lucha libre también es cosa de mujeres. En Bolivia, este grupo es conocido como Las Cholitas Luchadoras y se las considera como las auténticas heroínas en la especialidad. Su fama ya llegó a otros países y aquí, te las presentamos.

Se trata de un grupo de mujeres indígenas que, sin miedo, se suben al ring. Y lo hacen como si la lucha libre no fuera lo suficientemente complicada. Ellas luchan ataviadas con bombín, pollera (falda), blusa y manta y con el largo cabello recogido en dos trenzas. Son amas de casa y madres, en la mayoría de los casos, y todas ellas pelean para reivindicar su rol en la sociedad. Incluso, algunas lo hacen para demostrar a sus familias que las mujeres no son tan 'débiles' como se piensa.

Esta forma de lucha requiere más esfuerzo físico del que aparenta. El fenómeno de las Cholitas Luchadoras se gestó de la lucha libre clásica y comenzó en el año 2002.

Todo se inició cuando algunos organizadores de estos eventos decidieron incluir mujeres. Existen diferentes grupos de tradición, como las “Bolivian Wrestling Cholitas” que todos los domingos y jueves presentan su lucha en el Coliseo 12 de Octubre. El show comienza con las peleas de rigor de luchadores de categorías inferiores. Y las peleas, algunas, son al aire libre. Todos los condimentos de la lucha libre tradicional están presentes en estos eventos. Las peleas se realizan de día, de noche, al aire libre y en lugares cerrados. Lo importante es la lucha libre.

Telemundo Arizona


miércoles, 27 de agosto de 2014

Cholitas Luchadoras al ataque

Hay temas que nos fascinan. Y podemos regresar a ellos porque son inagotables. Es el caso de las cholitas luchadoras de Bolivia. Hace unos años las visitamos para conocerlas, charlar con ellas y dar cuenta de sus proezas en el cuadrilátero. Esta vez Luis Cobelo, uno de nuestros colaboradores en Sudamérica, nos envió este extraordinario material y no hemos podido resistirnos a publicarlo.

Bolivia es un país que parece anclado en un tiempo indefinido. En el aeropuerto de La Paz ya te das cuenta de eso. La pasarela de salida del avión es como transportarse a una película de serie B latinoamericana: luces tenues, mobiliario anticuado y una sensación de abandono y de que las cosas funcionan por inercia, por suerte. Los funcionarios de inmigración están en unas casetas de madera destartaladas de los años 60 y no hay nada informatizado; no es que me importe, pero ahora desconfío de las pilas de papeles amontonadas en las oficinas burocráticas. El aeropuerto del Alto, a cuatro mil metros de altura, es mínimo y las cintas de equipaje me recordaban a aeropuertos polvorientos y aire viejo. Antes de ir a Bolivia sabía que durante toda mi estancia no bajaría de los 3.600 metros de altura sobre el nivel del mar. Y mientras esperaba la maleta, inconscientemente esperaba sufrir un desmayo, presión en el cerebro o algo que me indicara que no era apto para esas alturas. Pero no, recogí mi equipaje y sigo vivo.

Lo primero que veo es un gran anuncio que dice “La Paz: 3.600 metros de placer y cultura”. Diviso muchas luces en el camino hacia el hotel. No me sorprendo, sé que estas “bonitas luces” son miles de ranchos que rodean la capital. El conductor me empieza a hacer preguntas, de dónde vengo y esas cosas. Pero el tema que más me interesa es el de la altitud, estoy insufrible. Le pregunto, “¿Qué va bien para el mal de altura?” y me responde “Mucho té de coca, todo el tiempo, pero no abuses porque es muy fuerte y te puede provocar taquicardia. Yo creo que todo es psicológico, a veces la gente se predispone a que le pase”. Pues sí, la cabeza es ideal para pensar en tonterías y la mía especialmente, así que adopto la postura mental “Deja ya de pensar en lo que no ha pasado”. Aprovecho y le pregunto si conoce a las cholitas luchadoras, si ha oído hablar de ellas. “¿Las cholitas luchadoras?, no señor, no las conozco. ¿Luchan en algún sitio? Yo las veo casi todos los días peleando en la calle por el puesto de comida o de ropa”. Su respuesta me deja confundido y tengo la impresión de que me voy a meter en un territorio bastante clandestino, y no estaba muy equivocado.

Son casi las dos de la mañana cuando llego al hotel. Me espera un amable recepcionista, lo que me hace pensar que los bolivianos son todos así, aunque durante el resto del viaje comprobaré que no. Me ofrece el primer té de coca de los cientos que tomaré. Vuelvo con el tema de la altura, “No se preocupe, estaremos muy pendientes de usted esta noche. Trate de dormir bien y mañana no haga esfuerzos, descanse y, sobre todo, no fume”. De reojo, veo un cartel sobre el mostrador que indica el nombre y el teléfono de un médico que está de guardia las 24 horas para todos los clientes que tengan problemas con el bendito mal de altura. La cosa es seria.

Al día siguiente, no hago esperar mi encuentro con la primera cholita. Antes de eso, mientras subo por una calle, a media manzana mis pulmones me piden más aire del que puedo darles y el corazón me late más de lo habitual; me asusto un poco, pero paro y descanso, sigo, me mareo, respiro con dificultad. Ahí están los temidos síntomas del “soroche”, como lo llaman popularmente. Prefiero volver al hotel, pido un té de coca y mis pulsaciones se equiparan con la falta de aire.

Breve historia de las cholitas luchadoras

Las cholitas en Bolivia son mujeres que visten trajes típicos: una falda llamada “pollera”, que tiene cinco capas, un sombrero parecido a un bombín, joyas y mantos tejidos minuciosamente. El fenómeno de las cholitas luchadoras se gestó a partir de la lucha libre clásica y comenzó en el año 2002, cuando algunos organizadores de estos eventos decidieron incluir mujeres. A uno de estos “visionarios” se le ocurrió la idea al ver un día una pelea en la calle de dos señoras cholitas y ver que nadie las separaba. Ahora entiendo el comentario del taxista. ¿Quién fue este visionario? Nadie lo sabe, pero casi todos los que organizan eventos de lucha libre en el país afirman ser los inventores de esta colosal y singular forma de pelea dentro de la lucha libre boliviana. Lo que sí está claro es que al hacerlo crearon una “marca” única en el mundo que ha llevado la historia de estas mujeres a rincones del mundo que quizá ellas ni sepan que existen.

La Mamacha

Carmen Rosa es propietaria de un local de comida en el centro de La Paz y la conocen como La Mamacha (la ruda, la temible). El sitio está al lado de su casa, humilde y destartalada, con conexiones eléctricas y tubos que salen por todas partes. La encuentro en la cocina, frente a una montaña de patatas, que pela con expresión pensativa. “Este pequeño restaurante es lo que me da cierta seguridad económica, aunque a mí lo que me gusta es luchar”, me dice. A su lado está su hija Lucía, que la ayuda. Carmen Rosa es sin duda la pionera de este deporte. A sus 45 años, asegura que le toca ceder el testigo a su hija, “si es que quiere”. Lucía me mira y asiente, está de acuerdo con la idea. Y es que los años no pasan en balde. En cada actuación que hace Carmen, rara es la vez que se vaya sin una lesión “de las que ya me cuesta más reponerme”, dice con tristeza.

Llega la pelea que todo el mundo espera, entre Carmen Rosa y La Paceña. Bailan antes de llegar al cuadrilátero, con toda su indumentaria perfecta, encajes, sombrero y faldas. Se plantan en el cuadrilátero y el árbitro da las indicaciones de rigor. No le hacen caso, Julia le mete un puñetazo y va por Carmen Rosa.

Se suceden las clásicas llaves y contrallaves, muy habituales en la lucha libre mexicana, si bien el mérito es mayor por el peso de sus “polleras”, ya que no son lo que se dice unas atletas que entrenan a diario en un gimnasio, son como cualquiera de las cholitas que están entre el público y en las calles de la ciudad. Me sorprende oír a una Carmen Rosa furibunda decirle groserías a su contrincante, con lo dulce que se veía pelando patatas.

Se bajan del ring y están muy cerca de la gente. Creo que muchos quisieran participar en la pelea. Esto es lo que más gusta al público. Aparece un cinturón de no sé dónde y Carmen le da con enorme violencia a Julia unos buenos “correazos”. Se da la vuelta y Julia le estampa una silla de plástico que un niño muy amablemente le cede, dejándola sin aire, casi fuera de combate. Hay sangre y todo el mundo parece feliz por ello. El público delira. Entiendo la preocupación por las lesiones de las que me habló Carmen Rosa. Terminan las peleas, pero la gente sigue allí, con el alcohol ya enturbiando las miradas y haciendo que cada gesto sea un poco más torpe. La Mamachase se hace fotos con quien las pide. Un hombre al que le faltan casi todos los dientes de arriba a sus treinta y pocos años le grita “¡Estás bien buena, mujer!, ¡Quiero que me pegues unos correazos!” Carmen Rosa me mira irónica, “Has visto el público que tengo ¿no?”

Bolivia es un país que parece anclado en un tiempo indefinido. En el aeropuerto de La Paz ya te das cuenta de eso. La pasarela de salida del avión es como transportarse a una película de serie B latinoamericana: luces tenues, mobiliario anticuado y una sensación de abandono y de que las cosas funcionan por inercia, por suerte. Los funcionarios de inmigración están en unas casetas de madera destartaladas de los años 60 y no hay nada informatizado; no es que me importe, pero ahora desconfío de las pilas de papeles amontonadas en las oficinas burocráticas. El aeropuerto del Alto, a cuatro mil metros de altura, es mínimo y las cintas de equipaje me recordaban a aeropuertos polvorientos y aire viejo. Antes de ir a Bolivia sabía que durante toda mi estancia no bajaría de los 3.600 metros de altura sobre el nivel del mar. Y mientras esperaba la maleta, inconscientemente esperaba sufrir un desmayo, presión en el cerebro o algo que me indicara que no era apto para esas alturas. Pero no, recogí mi equipaje y sigo vivo.

Vice
Luis Cobelo








martes, 10 de mayo de 2011

Cholitas Wrestling junto a LIDER en Villa Victoria













Un fabuloso evento de Lucha Libre se llevo adelante la velada del 7 de Mayo de 2011 en el Coliseo de Villa Victoria organizado por la Productora LIDER, seis combates totalmente infartantes que quedaran marcados en toda la fanaticada de la Lucha Libre Boliviana.

Resultados

Primer combate, el Único frente a Abraxas, gano el Único; segundo combate, Hombre Lobo versus la Cripta del Infierno, gano el Lobo; tercer combate, Carmen Rojas enfrento a Reyna Torrez, se adjudico la victoria Reyna; cuarto combate, Skliptnow frente a Batman; quinto combate, Juanita versus Benita, gano Juanita; y la batalla de fondo el Renegado y Kid Simonini versus Jaider Lee y Sin Cara Boliviano.

Fondo imperdible

Tras un desafío pactado entre técnicos y rudos el dos contra dos de fondo se llevo con una brutalidad tremenda pues Kid Simonini acabo la Lucha con la cabeza reventada de sangre y con golpes no muy difíciles se impuso ante el Sin Cara Boliviano mientras Jaider Lee dio cátedra en el Ring al Renegado de la Media Noche.
Desafío por el cinturón Welter

Al finalizar el último combate entre todo el bullicio del publico Kid Simonini desafío a Jaider Lee a Luchar por el cinturón que ostenta como Campeón Sudamericano del Peso Welter, ambos se tienen rencillas desde las épocas de Furia de Titanes y producto de ello el combate se llevara el 14 de Mayo de 2011, después de mucho tiempo se verán las caras el rudisimo Kid Simonini y Jaider Lee.

Barba Negra el gran ausente

El rudísimo Luchador Barba Negra no se presento en Villa Victoria pues el público reclamo su presencia exclamando “Barba, Barba, Barba…”, el presentador del Catch Adalid y los promotores lo anunciaron e incluso días antes la imagen de Barba Negra se publico en los 5 mil volantes que la productora LIDER regalo por las calles de El Alto y La Paz.





Texto, fotos y video: Alberto Medrano, contactos: luchalibrebol@gmail.com

Contratos e informes: 591 + 791 19 78 2 (Benjamín Simonini)

Ampliar imágenes en flickr y picasa

viernes, 29 de abril de 2011

LIDER y las Cholitas Wrestling en Villa Victoria (30 de abril de 2011)


Un Tour fantástico para los extranjeros y turistas que visitan de La Paz y Bolivia en Homenaje al Día del Trabajador boliviano.

Paquete turístico

Ingreso para los Turistas 3$ y se permite filmar, fotografiar y hacer todo tipo de entrevistas a las Cholitas Luchadoras ¡totalmente gratuito!, solo pagan su ingreso al Coliseo de Villa Victoria a 20 minutos del centro de La Paz

Espectacular presentación de las Cholitas Wrestling en Villa Victoria, este sábado 30 de abril de 2011 partir de las 18: 30 (hora boliviana), contactos: 591 + 791 19 78 2 (Benjamín Simonini).

Correo electrónico: luchalibrebol@gmail.com

jueves, 28 de abril de 2011

LIDER y las Cholitas Wrestling de Bolivia



Excelente video junto a las Cholitas Luchadoras de la primera Empresa de Lucha Libre Boliviana LIDER, el video fue grabado en septiembre de 2010 en un Coliseo de Río Seco de El Alto Bolivia, a disfrutar de Juanita, Benita, Ángela y Reyna Torrez.

Simplemente LIDER posee la verdadera Lucha Libre Boliviana, contratos: 591 + 791 19 78 2 (Benjamín Simonini)

Correo electrónico: luchalibrebol@gmail.com, ver video en youtube

miércoles, 19 de enero de 2011

Staff de LIDER y Wrestling Boliviano 2011









En las últimas horas nos llegó un correo electrónico de Wilder Ríos a Lucha Libre Boliviana mostrandonos fotos y un blog nuevísimo acerca del Wrestling Boliviano y LIDER.

Simplemente el correo electrónico titula: Staff de LIDER y Wrestling Boliviano 2011.
Muchas gracias por el material fotográfico y digital a Wilder Ríos Tarqui, correo electrónico:

jueves, 16 de diciembre de 2010

Lucha Libre de Cholitas

El wrestling boliviano corre por cuenta de ellas: conoce las luchadoras que conquistan miradas mientras rompen cabezas rivales en La Paz.

Trenzas largas y polleras al aire, saltos desde las cuerdas, torniquetes y patadas forman parte del espectáculo de lucha libre que realizan sobre el ring las 'cholitas luchadoras' frente a un público que apoya a la 'Simpática Angela' frente a las embestidas de 'Benita, la Intocable'.

'Benita' y 'Ángela' son la atracción central del catchascán, un espectáculo de lucha que recorre los barrios más populares de Bolivia y en el que estas intrépidas mujeres, al igual que en el caso de los hombres, se alinean para protagonizar sobre el ring la eterna dicotomía entre el bien y el mal.

Ellas han llegado al barrio El Tejar -en el norte de La Paz, habitado principalmente por comerciantes minoristas-, donde les espera un ring hexagonal y unos 200 espectadores que las siguen desde graderías de cemento.

Un improvisado animador toma el micrófono y a través de altavoces anuncia la entrada de las luchadoras, que salen al campo al ritmo de la morenada, una música andina estilizada que copia a la saya, el baile de los esclavos africanos que llegaron a Bolivia.

'Benita' y 'Ángela' visten polleras, faldas aymaras anchas de varios pliegues, y sombreros tipo bombín. Benita es ruda y prefiere las patadas y los puñetazos, mientras que Angela, más técnica, opta por los saltos, las llaves de mano, y las tijeras voladoras (pies enroscados al cuello) para derribar a su oponente.

Ya en los primeros forcejeos, Ángela se gana el corazón de los asistentes, quienes gritan enfervorizados cuando en el 'clinch' doblega temporalmente a su adversaria. Benita sólo cosecha silbidos, que responde con el pulgar hacia abajo y gritando: "¡voy a matar a esta chola cochina!".

Benita La Intocable rompe una tabla en la cabeza de la Simpática Ángela durante una de las peleas del wresling entre mujeres que se practica en el barrio popular de El Tejar, al norte de La Paz.
Pero tras 15 minutos de combate, es Ángela quien gana y sale por el patio entre aplausos, mientras que decenas de niños se arremolinan alrededor de ella para abrazarla. Exhibe orgullosa una pequeña herida en la frente, producto de una patada, como para mostrar al público que la pelea es en serio.

"Me gusta lo que pelean, siempre he visto esto", dice a la AFP José Luis Mamani, un niño de 10 años que se ha deleitado con el show.

Las peleas de las 'cholitas luchadoras' han comenzado a extenderse por el país, un fenómeno que empezó hace casi 8 años, cuando los luchadores varones, desesperados por atraer más público, decidieron subir a mujeres al ring.

Nelson Calle, un veterano promotor, explica a la AFP que las primeras peleas se dieron en El Alto, ciudad-dormitorio de La Paz de un millón de habitantes a más de 4.000 metros de altitud y de mayoría aymara.

En 2003, "vi a mujeres de pollera pelear en una calle de El Alto; me llamó la atención que la gente se arremolinara pero nadie se animara a mediar o a defenderlas. Ahí se me ocurrió la lucha de cholitas", dice Calle.

El espectáculo comenzó a popularizarse hasta el punto de que en las ciudades de El Alto y La Paz, las más pobladas de Bolivia, ya hay al menos 8 grupos de 'cholitas luchadoras', que presentan nombres tan sugestivos como 'Juanita, la cariñosa', 'Elizabeth Rompecorazones','Jennifer Dos Caras', 'Marta, la Alteña', 'Remedios, la misteriosa' o 'Silvina, la poderosa'.

Son espectáculos que suelen desplazarse por barrios populares de Bolivia y poblados rurales.

"Estoy luchando desde hace 7 años, me gusta, se siente la adrenalina", señala a la AFP tras la pelea 'Benita, la intocable'

Las luchadoras suelen ser amas de casa o comerciantes, explica el promotor Calle.

Cada luchadora, dependiendo de su calidad técnica, cobra por noche de espectáculo entre 100 y 200 bolivianos (entre 14 y 28 dólares), mientras que los espectadores pagan por cada billete de entrada entre 10 y 15 bolivianos (1,4 y 2 dólares).

La lucha libre o el 'catchascán' (una variación del inglés 'catch as can' -'atrapa como puedas'-) llegó a finales de la década de los 60, cuando las películas mexicanas idolatraban a 'El Santo', 'Blue Demon' o 'Huracán Ramírez'.

Y herederas de ese fenómeno, la tradición la perpetúan mujeres como 'Benita la Intocable', que se hace odiar en el ring, pero que al salir de allí se convierte en la gentil secretaria de una oficina privada de 29 años y que se llama Mariela Alvarenga.

viernes, 4 de junio de 2010

LIDER y “Cholitas Wrestling” en un combate sin reglas (Parte III)

Para el recuerdo: Fotos tomadas en el Coliseo del Colegio Juan José Torres de Faboca (Alto Lima) en una pelea que fue única e incomparable, 3 de Junio de 2010, quedará en la memoria de los fanáticos del wrestling boliviano.

Ver más imágenes en Picasa

Contactos: luchalibrebol@gmail.com

LIDER y “Cholitas Wrestling” en un combate sin reglas (Parte I)

Retratos de las "Cholitas Wrestling":

Imágenes de Juanita “La Cariñosa”, Ángela “La Simpática” con “Jaider Lee”, “Craken” y el rudo “Kid Simonini” peleando como auténticos titanes en acción.
Fotos tomadas en el Coliseo del Colegio Juan José Torres de Faboca (Alto Lima) en una pelea que fue única e incomparable, 3 de Junio de 2010.
Ver galería de imágenes en Picasa

jueves, 20 de mayo de 2010

Cholitas: Las Luchadoras Femeninas de Bolivia toman Creación de los estereotipos

lunes, 22 de febrero de 2010

Cholitas Wrestling "Polleras en el ring"

Desde Los Andes para todo el mundo

Cholitas Wrestling "Polleras en el ring"

Interesante nota extraido de Bolivia.comEl Gitano las entrena, Jenifer Dos Caras es la experta, Marta la Alteña disfruta el maltrato e Hilda quiere un cinturón de oro. Son las estrellas de la lucha libre.

Nadie notó su presencia aún. Se diría que es una chola cualquiera, pero no. Ella tiene el espíritu de una gladiadora. 17 años, alcanzando apenas el metro sesenta y, sin llegar a ser robusta, deja danzar sobre su cintura una liviana pollera amarilla. Hilda es su nombre y espera silenciosa las instrucciones de su mentor, El Gitano. “Eres una promesa”, le dice él con la mirada. Ella asiente mientras ve cómo Jenifer Dos Caras y Marta la Alteña hacen gala de sus piruetas sobre el ring. Cada personaje marca su propia esquina en el cuadrilátero, pues cada quien tiene un lugar en la historia de la lucha libre femenina en Bolivia.

Los Titanes del Ring marcan su cubil en el gimnasio montado dentro de un galpón en la avenida Subteniente J. Eulert, en la ciudad de El Alto. Allí, los mejores luchadores prueban su temple para los enfrentamientos que protagonizan cada domingo en el Multifuncional de El Alto, donde la eterna pugna entre el bien y el mal tiene a sus protagonistas en carne y hueso: técnicos contra rudos.

Las 20.00 del jueves. En pleno ejercicio, Hilda y Marta comparten la lona con otros deportistas varones. Para formarse como verdaderas luchadoras no deben ser consideradas por su constitución o el sexo: todos hacen juntos los ejercicios y caen minuto a minuto sobre la lona. A prudente distancia está El Gitano, dando indicaciones a sus pupilas. Él es un verdadero entrenador de cholitas.

El mentor: Gitano

Una cola de caballo sujeta su negra cabellera. Con la figura que se espiga dentro de un deportivo negro y la mirada afilada, Juan Mamani Condori controla a sus luchadoras. Él pelea desde hace 25 años. Su alter ego es El Gitano. Inició la carrera de joven y continúa luchando.

Su trayectoria le ha hecho ganarse el respeto de sus compañeros, por lo que lo nombraron responsable de la comisión técnica. “Hace unos tres años busqué la manera de levantar el ánimo del público. La cantidad de asistentes bajó y ya no había interés por la lucha de varones. Para llamar la atención convoqué a las cholitas a través de los medios”.

Fue un gran éxito. El suceso atrajo a periodistas extranjeros y las imágenes recorrieron el mundo. “El 2002 empezó la primera pelea, en una Navidad. Llegó hasta el programa de Magalí del Perú y salió incluso un video pirata que se vende aún por la calle. El resto es historia”.

Desde ese momento surgieron grupos pequeños que implementaron este tipo de pelea. Muchas cholas se formaron en el grupo de El Gitano, pero se fueron cuando ganaron algo de fama. Los Titanes del Ring tienen ahora ocho de estas mujeres luchadoras en sus filas.

“El movimiento de las polleras es el que llama la atención. Esta prenda también implica un riesgo. Por eso hay mucha preparación”.

El Gitano ve a las candidatas de acuerdo a su carisma e interés por la lucha. “Quien no puede se va nomás. Depende de cada una. Unas salen en meses, otras tardan más”.

El grupo ha llevado el espectáculo de lucha por ciudades de Bolivia, Argentina, Perú y Colombia.

Como entrenador apasionado, El Gitano ha pasado varios sustos. “Había una cholita nueva que se subió a la tercera cuerda y por lanzarse hacia el ring cayó de espaldas y luego de cabeza. Por suerte amortiguó el golpe con su mano”.

Por eso, el rostro de El Gitano se muestra agradecido, pues la idea de las cholitas luchadoras significó una nueva oportunidad. “Yo andaba muy deprimido. Es difícil conseguir el coliseo, cuesta harta plata y si no cubrimos el alquiler... lo que queda tenemos que repartirlo. El mejor luchador suele ganar 200 bolivianos por lucha. Eso es igual entre mujeres y hombres”.

Juan sabe que las caídas son lo más sensible. “Hay que cuidar la cabeza. La primera lección es que en una caída de espaldas se debe empujar la quijada al pecho. Después, el cuerpo se acostumbra a los golpes”, dice mientras sus pupilas hacen retumbar las tablas del ring.

“La lucha femenina va para adelante, a la gente le gusta mucho. Claro, hay contratiempos, como los novios y esposos, a los que hay convencer primero para que ellas vengan a entrenar”, sonríe El Gitano. Además, sin que la pelea de cholitas pase de moda, ya se han conseguido nuevos atractivos: una mujer de pollera que hace boxeo y dos luchadoras afrobolivianas.

Experiencia: Jenifer Dos Caras

“A quién le importa lo que yo haga”, canta Thalía desde un parlante mientras Ana Luisa Yujra, de 25 años, ingresa al ring con el rostro pintado y los brazos en alto. El público la abuchea y a su paso llueven las botellas vacías, los huesos de pollo y las cáscaras de fruta. Ella se limita a sonreír y sigue cantando. Por algo es Jenifer Dos Caras.

Jenifer es una pionera de la lucha. “Cuando empecé conocí a Ana la Vengadora. No había nadie más de mi nivel, las demás eran novatas que se presentaban en un par de funciones y listo. Se fueron porque sólo fueron a probar suerte. Yo tengo ocho años de experiencia”.

Amiga del voleibol, de niña fue a ver la lucha en el estadio Olimpic. Más tarde, conoció a un vecino que resultó cachascanista y él le presentó a varios luchadores, con los que empezó a dar las primeras rodadas, volteos y castigos.

Ana Luisa es de la escuela de Kid Simonini y Jaider Lee, sus maestros. Así nació Jenifer Dos Caras: “Jeni” por su mamá, “fer” por ferocidad y “Dos Caras” porque tiene dos vidas. “Mi manera de ser en el ring es muy diferente al de mi vida cotidiana”. Eso lo sabe su familia, que todavía no la apoya. “No les gusta. Una vez vino mi mami a ver, pero dijo que era mucha agresión”.

En la vida cotidiana es mamá de Mike Antonhy (11 años) y Jesmy Darling (4 años). Es maestra de Literatura y trabaja con jóvenes. “En el ring me destapo, soy otra persona que empieza a destrozar todo lo que encuentra. Los alumnos me preguntan, pero trato de evadir el tema porque tengo que mantener cierta distancia con mi trabajo”.

Jenifer se siente como el torero que entra a las corridas. “Una llega al ring sabiendo que arriesga su vida”. Ya tuvo una luxofractura del peroné y tobillo el 2000 por hacer unos saltos mortales. Estuvo tres meses con yeso y aunque se decía “funciona mi pie, funciona mi pie” tardó bastante en recuperarse. Ahora está bien, aunque ya no tiene, quizá, la misma fuerza de antes.

La lucha también le trajo el amor. Su esposo era técnico, el Súper Muñeco, personalidad que dejó por el trabajo. Se veían en el entrenamiento y en una de esas le invitó a salir y ella dijo que no. Al final, terminaron en el altar. “Él me apoya, cuida de mí y de mis hijos, pero está preocupado. Ellos tienen miedo de que me haga daño. Nunca peleé con mi esposo. No quiero, porque sino le voy a sonar”, se ríe.

Descansó algo cuando tuvo a su hija, pero sufría viendo a los luchadores en la tele. Al final, convenció a su marido y volvió a las lonas.

Si bien este deporte no le sirve para subsistir, Jenifer vibra al calor de cada encuentro. “Lo vivimos, lo disfrutamos, y hacemos que otras personas se desestresen y desahoguen la bronca que tuvieron en la semana. Botan todo contra los rudos y se alegran con los técnicos”.

A los golpes y las figuras, se le suma el tiempo que una mujer tiene que sacar para los entrenamientos. “Las cachascanistas tenemos que cumplir varios roles: ser amas de casa amigas, hermanas, madres...”.

Pero ella se da modos, pues le gusta mostrar agilidad y trabajar con el público. “La gente se enfurece conmigo, quiere matarme y destrozarme. Yo me río y ya. Al principio me sentía un poco incómoda, porque te insultan y te dicen cosas obscenas. Ahora, ni siquiera grito. ‘Loca, loca’, me dicen. Yo me río. Eso me encanta”.

Le han pedido muchas veces que deje la lucha. “Tu vida pende de un hilo, pero la adrenalina una la vive y la siente”. Pero como todo tiene su tiempo, ha decidido dejar de luchar en dos años, cuando su hijo se haga joven. “Entonces me va a decir ‘vámonos’ y yo voy a tener que hacerle caso. Yo sé que Dios y la Virgen me van a cuidar”.

La estrella: Marta la Alteña

“Siempre que me preguntan mi edad, yo no digo, porque no me gusta hacerlo. Quiero que la gente imagine cuántos años tengo. Por ahí tengo fans más jóvenes”, comenta Marta la Alteña en pleno entrenamiento con varias pesas.

Son cinco los años que Jenny Maraz Herrera trabajó para convertirse en Marta. Pasaron tres de entrenamiento para que al fin pudiera subir al ring, pero ahora es una pequeña estrella todos los domingos.

“Me gustaba venir a ver, era la primera en la puerta. Me gustaban el Ángel Azul y Mister Atlas y veía a las chicas luchando con malla”.

Costurera y repostera, atendió a una convocatoria de Gitanos Producciones. La aceptaron con una condición: hacer lo mismo que ellos. “La primera vez no quería que me vieran las piernas. A medida que pasaba el tiempo, se salió ese miedo y me he vuelto una mujer más osada. Me pongo short o me olvido y me amarro el centro”, explica. No por nada en algún entrenamiento se le ha roto la pollera y ha continuado con la mankancha.

“Lo más difícil ha sido acostumbrarme a que me vean las piernas. Los golpes me dolían, pero se pasaban. Ahora estoy luchando por Bolivia. Me llena de orgullo que una chola represente al país. Antes era un deporte sólo para hombres, vetado para mujeres de pollera”.

A su mamá, también de pollera, no le cayó en gracia que a su hija le vieran las piernas y los calzones. “Ella viene, pero no demasiado seguido. A veces se va llorando, porque salgo lastimada. En una ocasión me vio con la cabeza rota, no sabía qué hacer por la impotencia. Prefiero que no venga”. Marta tiene un hermano mayor y una hermana de 19 años, igual luchadora.

Ruda de corazón, Marta la Alteña lleva el cabello con rayos rojos para alejarse de lo común. “Yo soy la mala, la maldita. Me gusta ganar y cuando me están por ganar, les parto una madera en la cabeza. Para luchar siempre uso polleras livianas y centros delgados, tengo zapatos especiales. Están un poco viejitos, pero son con los que he comenzado a pelear. Son mi amuleto. Si no los tengo, no compito”.

Sus ceñidas poleras y sus blusas se las cose ella misma. Prefiere la lycra. “Es que tengo que mostrar, así gordita que estoy, tengo que mostrar. Hago pesas y quisiera tener buenos brazos y músculos. Sólo denme un añito más”, desafía.

Antes entrenaba de lunes a jueves en un gimnasio cerca de su casa, pero tenía que ir de buzo porque no le permitían entrar con la pollera. “La gente cree que porque llevamos pollera estamos hediendo. Las mujeres de pollera somos más limpias, pero para que no te discriminen tienes que ponerte un buzo”.

También cuida su alimentación. “La comida, no mi figura. Cada domingo como mucho porque es un desgaste único. Pasa la lucha y tienes un hambre voraz, como si no hubieras comido en una semana”.

El momento más duro de su vida lo ha vivido como mamá. “En una ocasión traje a mis dos hijas, Jenny y Julissa, para que vean. Tuve un encuentro con otra cholita ruda y con la señora nos pegamos tanto que nos reventamos sillas. Tuve una abertura de un centímetro en la cabeza, llegué a mi casa toda mal, sangrando y llorando. Mis hijas me vieron, lloraron y me dijeron que ya no querían que vuelva a luchar. No supe qué hacer, me pusieron entre la espada y la pared, porque la lucha está metida en mis venas. Ese día, el peor de mi vida, tuve que elegir entre hacerles caso a mis hijas o mi deporte”.

Luego de hablar mucho, las niñas comprendieron la pasión de la madre, aunque la comprometieron a cuidarse. “A veces me lastimo, pero cuando llego a mi casa estoy sanita y cuando se van al colegio; ‘¡ay, ay!’; recién es que me quejo”.

Quien más disfruta de sus peleas es su papá. “Él es fanático y está orgulloso de que estemos en la lucha. Cuando salieron los CD piratas mi papá se compró y los tiene guardados. Se siente feliz y orgulloso”, declara el brillo de su mirada, maquillada para la ocasión.

No importan los abucheos a su ingreso ni la basura que le cae desde la tribuna. “Me gusta gritarles. Me odian. Ese es mi personaje. Me siento muy especial, es una sensación que no puedes comparar con dinero. Cuando estoy en el ring, aunque sean cinco minutos, me siento una estrella. Y vale la pena”.

Hilda López: la promesa
Los gritos y aplausos le acompañan. Se diría que es una chola cualquiera, pero no: ella tiene espíritu de gladiadora. 17 años, alcanzando apenas el metro sesenta y, sin llegar a ser robusta, deja danzar sobre su cintura una liviana pollera amarilla. Hilda López Laura es su nombre y está atenta a las instrucciones de su mentor: El Gitano.

Su rostro dulce no debe engañar a nadie: tiene una ferocidad que aún no termina de germinar. Lleva dos años entrenando y hace seis meses que lucha. Era su sueño. Cuando veía las peleas en la tele se decía: “quisiera ser uno de ellos”.

Con 15 años floreciendo tomó valor y por fin se asomó al ring.

—“¿A quién le pregunto?”

—En allá tienes que entrenar.

—Ah, ya— Y se lanzó a ese mundo desde la tercera cuerda.

“Tenía mucho miedo a las caídas. Me va a doler mucho, me voy a morir, decía. Tenía un susto... pero don Juan, El Gitano, mi maestro, bien harto es que me ha enseñado”.

“He tenido muchos accidentes, pero con golpes se aprende. Yo lo he tomado como una afición, como un deporte. Es duro, pero nunca he pensado en dejarlo. A veces pienso un rato, pero me gusta”.

Su primera lucha fue difícil, pues se encontró con Jenifer Dos Caras. “Me fue muy mal, me lastimé todo y, al día siguiente, tuve que estar con mis chilcas y otros tratamientos con coca para curarme”. Pero eso le templó el cuerpo. Ahora entrena todos los martes, los miércoles y los jueves.

También tiene otra vida. Es artesana y cursa el segundo medio en el colegio Óscar Alfaro. “Mis compañeros no saben que lucho. En mi familia no les gusta que luche, ‘¡te estás lastimando, que esto, que lo otro!’, dicen. Me han prohibido. Le molesta más a mi papá. ‘¡Cómo con esos hombres todavía tienes que ir a entrenar!’. Pero a mí me gusta. Siempre llego accidentada, mi papá viene estricto y dice: ‘Con esto curate, hija’”. Quien le ha apoyado es su hermano, que le acompaña a entrenar.

“Me gusta. Lo que hago es pedir justicia en el ring, porque las rudas son muy malas. Yo soy técnica. Lucho como Hilda López, por qué me voy a cambiar de nombre si ese es el mío. Las rudas son muy rudas, así que cuando pido justicia, la gente me aplaude. Ellas dan golpes bajos, nos botan como les da la regalada gana y nos pueden waikear entre dos. Nosotras no podemos, sólo esperamos que nos aplauda la gente”.

La pelea ha terminado e Hilda, sangre de por medio, se corona ganadora. “Mi objetivo es viajar a todo lugar. Quisiera recibir un cinturón de oro, medallas. Algún día seré muy famosa con el rojo, amarillo y verde. Pero para eso me falta un entrenamiento más duro y seguir lastimándome”, replica adolorida.

Extraído de Bolivia.com

Contactos: luchalibrebol@gmail.com

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