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miércoles, 17 de octubre de 2018

Carmen Rosa: Cholita luchadora fortalece partido de Doria Medina

La conocida luchadora alteña Polinia Ana Choque, conocida como Carmen Rosa, se alió a Unidad Nacional (UN) y expresó su apoyo para que Samuel Doria Medina sea el próximo Presidente de Bolivia.

Choque es una de las representantes de la lucha de mujeres de pollera más conocida de la ciudad de El Alto, que ha despertado incluso el interés de medios internacionales. También es conocida por participar del programa Bailando por un Sueño.

La luchadora se inscribió como militante de UN en un punto de inscripción instaurado en el Prado paceño y expresó que Doria Medina es la mejor opción para asumir la Presidencia del país ya que, considera, que es un emprendedor exitoso y que manejará a Bolivia como una empresa, con buenas perspectivas.

“Carmen Rosa bienvenida a Unidad Nacional. Estoy seguro que tu fortaleza es invaluable para luchar por Bolivia”, señaló, por su parte, Doria Medina a través de su cuenta de Twitter.

Oxigeno


martes, 1 de noviembre de 2016

Carmen Rosa y su paso por el Bailando por un sueño

“No ha sido un proceso fácil” cuenta Erland Muñecas, refiriéndose a que Carmen Rosa, la famosa que lo ayuda a cumplir su sueño en 'El Bailando', haya tenido que sacarse la pollera. Según cuenta el participante, los seguidores reclamaban mucho sobre este tema, pero que él entendía que por su cultura no era algo sencillo de hacer.

Erland explica que bailar con pollera es complicado porque es pesada y no se notan los movimientos, pero que Carmen por compromiso con la causa decidió usar pantalón por primera vez en el programa para el baile invertido, pero posteriormente se sintió muy avergonzada, lo mismo para la jaula.

“Creo que el jurado no valora el esfuerzo, ella tiene esas costumbres, por eso fue difícil lo de la pollera, tampoco que jamás usó tacos y que es la persona de más edad que participa en el reality, Carmen Rosa a veces llora detrás de las cámaras por ese motivo”, cuenta el soñador.

Recordemos que Carmen es una cholita luchadora que ya apareció en ciclos de PAT y en el canal naranja. Desde 2001 es luchadora y desde 2010 está en la televisión.

El Deber


lunes, 27 de abril de 2015

Carmen Rosa vuelve a la TV

El Alto, 27 de abril.- Ana Polonia Choque Silvestre es un nombre muy largo para ser conductora de televisión. Mejor, Carmen Rosa —“rosa pero con espinas”, dice ella, y ruda para el espectáculo—. Así alcanzó, en la cima de su carrera, el cinturón de campeona del que guarda sólo una réplica, regalo de su marido. Hoy lucha a muerte por el nombre Carmen Rosa, La Campeona, pues le salieron un par de copias truchas.

Días y días, Ana llora con frecuencia. Su verdadera batalla es mantener su pasión por la lucha libre intacta. A sus 45 años lidera su propio grupo de lucha, “Las Diosas del Ring”, arma y desarma su propio cuadrilátero, porque la lucha libre es su vida. “Y sin ella me muero”, afirma, con los ojos húmedos.

Familia de luchadores

Su hija es Dulce Rosa, cholita luchadora, su hijo Bismarck, joven valor de la lucha y, su esposo Gato Montini, arbitra los espectáculos de las féminas peleadoras. Carmen Rosa, participó del documental “Las Mamachas del Ring”, dirigido por la estadounidense Betty Park, difundido en el Festival HBO de Cine Latino de Nueva York.

De la lucha libre a la TV

Carmen Rosa, fue coconductora del programa del Cielo al Infierno y Cara y Cruz, junto a Pedro García, actualmente retornó a la televisión conduciendo los programas “Juga2” y “Bailando por un Sueño”, presentado por Carlos Rocabado, transmitido desde Santa Cruz de la Sierra.

Texto y fotos: Alberto Medrano
Contactos: medranoprensa@gmail.com






miércoles, 18 de marzo de 2015

Carmen Rosa: Entre el almuerzo y las patadas voladoras

Un buen golpe de zurda no es garantía de nada. Y eso bien lo sabe Carmen Rosa. En los años 70, Mohamed Alí ascendió a los olimpos del boxeo tras encarar riñas dramáticas, como la que le enfrentó a George Foreman en Kinshasa, la capital del antiguo Zaire —hoy República Democrática del Congo—, y ahora padece una vejez pisoteada por el Parkinson, que le ha privado del habla. Carmen Rosa, de 45 años, también es desde hace tiempo una todoterreno de los cuadriláteros, pero la fama y los aplausos no le han asegurado el plato de comida diario. Y se ha visto obligada a abrir una pensión a unas cuantas cuadras de la Línea Amarilla del teleférico de El Alto para que las cuentas salgan.

Carmen Rosa se llama en realidad Polonia Ana Choque Silvestre, pero son muy pocos los que la conocen por ese nombre radiactivo. “Tú tienes cara de Carmen Rosa, no de Polonia, me dijo hace poco un policía mientras realizaba algunos trámites”, se ríe. Su local —donde acabamos de acomodarnos— está decorado con máscaras de tela y afiches que publicitaron pugnas estelares en el pasado, y me recuerda a las tabernas españolas adornadas con grandes carteles que promocionan corridas de toros. De lunes a viernes, a la hora del almuerzo, Carmen Rosa ofrece platillos típicos: fricasé, fideo con maní, chicharrón de cerdo”, enumera. Y la presión que soporta es muy parecida a la que sufre entre las tres cuerdas: aquí el punto de sal es el equivalente a una patada voladora.

Carmen Rosa jamás se ha cubierto el rostro para afrontar una batalla. Es más: suele subirse al ring con una intensa capa de maquillaje que resalta sus facciones aymaras. Y sus señas de identidad son las trenzas y la pollera. “Siempre me ha gustado rescatar nuestra cultura y siempre he estado muy orgullosa de ser cholita. Yo no me visto así para disfrazarme”, asegura. Cuando pelea, se desprende de sus aretes, de su faja, de su mantilla y de su sombrero. “Me siento más cómoda con todo fuera”, bromea.

Carmen Rosa —a quien he visto protagonizar saltos espectaculares— jamás se ha roto una costilla, ni siquiera una falange tras un movimiento brusco. Sus heridas de guerra apenas fueron rasguños momentáneos y circunstanciales que levemente le robaron algo de sangre, y lo que le derrota lentamente cuando acaba una contienda es el dolor de cabeza, que atenúa gracias a un remedio casero que elabora con coca, alcohol y romero.

El cinturón que acredita a Carmen Rosa como campeona de lucha libre está hecho de estaño y cobre y es rojo y brilloso. “Se lo debo a la gente”, me dice mientras lo acaricia, y luego mira de reojo hacia un costado para observar a los primeros clientes que han llegado en busca de los primeros guisos calientes. Para una cachascanista como ella, el cinturón lo es todo: la victoria, el poder, la gloria. Y cuando sostiene el suyo en alto como una vedette (minutos antes de sus duelos salvajes) se siente como en una película.

El ruedo político

Carmen Rosa considera que lo embarazoso no es besar la lona cada vez que alguna de sus retadoras le pilla desprevenida (tras un mal giro o tras algún tropiezo absurdo), sino acomodarse una y otra vez a otras rutinas más cotidianas. “Cuando estoy en casa, lavo, plancho, cocino y administro plata —detalla—. Y eso es lo que me mata”.

Esta profesional de los piquetes de ojo y de las llaves semiacrobáticas es además —a su manera— una especie de nómada. Su osadía le llevó de viaje a Nueva York, y también, de gira el año pasado por algunas de las poblaciones más remotas de Bolivia. En este último caso, por invitación de Wálter Tataque, una mole de 2,25 metros de altura y otros tantos de humanidad que ha sentado cátedra como púgil desenmascarado.

En algunas de las comunidades que visitaron, el mayor espectáculo del altiplano era recibido como si llegara el circo. Carmen Rosa entonces no dudaba en remangarse para montar la estructura sobre la que luego se zurraban a mamporrazo limpio. “A mí, nunca se me han caído los anillos por agarrar una tabla”, comenta. Y después recuerda que a veces regresaba completamente abatida. “En algunos lugares tenían una linda cancha sintética, pero carecían de conexiones de agua, y eso me entristecía muchísimo”.

Mientras me lo cuenta, su mente parece estar muy lejos de su restaurante y de las sillas que nos rodean, de estas sillas tan similares a las que utiliza a veces para reventar espaldas. Y antes de marcharse anuncia que ha decidido entrar al ruedo político. Lo hará de la mano de Felipe Quispe, el Mallku, un exguerrillero de tez cetrina tan ducho en el arte de esquivar sopapos a mansalva como ella; y tendrá que aniquilar a su personaje para cumplir su sueño: la ley le obliga a figurar en las papeletas oficiales como Polonia.

La Razón

martes, 17 de febrero de 2015

Carmen Rosa quiere dejar huella en la política boliviana

La sopa hierve mientras el pollo es despresado por las manos luchadoras de Carmen Rosa, de 45 años. Una pizca de sal, otro poco de pimienta y un par de hojas de laurel son vertidas a la olla caliente. Seguramente eso bastará para darle esa sazón particular que le pone a sus comidas. Con una cuchara de madera remueve los ingredientes, prueba el preparado y se dispone a servir a sus comensales, quienes llegan todos los días, hace ya un año, a su restaurante “Las delicias de Carmen Rosa” a partir del mediodía.

Así entre máscaras y varios afiches de estas cholitas “diosas del ring”, como se lee en uno de ellos, los clientes almuerzan con la certeza de que quien prepara la comida tiene una mano tan buena para la cocina como para la pelea. No por nada su cinturón de campeona en lucha libre se exhibe en una de las paredes de la pensión.

Carmen Rosa, cuyo nombre verdadero es Polonia Ana Choque Silvestre, cuenta que su restaurante, ubicado en Ciudad Satélite de El Alto, se llama así por una ocurrencia que tuvo el periodista cruceño Pedro García, con quien condujo un par de programas televisivos, donde ella solía cocinar platos típicos. “En ese tiempo tenía una pensión por la calle Murillo, donde vivía antes y, después de cocinar ahí, me iba corriendo al programa. Entre las comidas, la televisión y el gimnasio, ya no me daba tiempo y por eso tuve que cerrar la pensión”, dice sonriendo.

Pero a Carmen Rosa, sobrenombre que se puso en honor a la memoria de su suegra, no solo le encanta cocinar, sino también luchar en el ring. Su afición por este deporte surgió cuando era apenas una niña, gracias a que sus padres eran fanáticos de la lucha libre y solían llevarla a las funciones en el Olimpic Ring de San Pedro. “Nunca se me había pasado por la cabeza que un día yo iba a estar en ese cuadrilátero, más al contrario, ellos eran mis estrellas”.

Del Olimpic Ring, los luchadores pasaron al Municipal y luego a El Alto. Ahí fue donde anunciaron que se abrirían gimnasios para el entrenamiento de varones y mujeres, pero no especificaban si las cholitas podían ir. “En ese entonces yo tenía unas compañeras de pollera como yo, que también eran fanáticas de este deporte, así que fuimos juntas al gimnasio”.

Más allá de las burlas de los varones por la vestimenta que llevaban, allí, entre miradas de recelo, Carmen Rosa comenzó su carrera como luchadora.

Como los entrenamientos y las dietas eran muy estrictas, fueron pocas las personas que aguantaron. Solo las que se quedaron pudieron disfrutar de su recompensa: el entrar al cuadrilátero del Multifuncional de El Alto, para poner en práctica las técnicas que el entrenador les había enseñado.

La hora de la popularidad

Las caídas a la lona y las llaves son algunas de las herramientas que usan para vencer a sus oponentes. “Uno, dos, tres”, se escucha la voz del réferi seguida por las campanadas que anuncian la conclusión de la pelea. En esa lucha, solo un brazo es levantado: el de la ganadora.

Las peleas que se daban entre mujeres de pollera eran poco comunes, por lo que ellas decidieron hacer un evento para que la prensa conociera lo que hacían. Gracias a eso, su lucha cruzó fronteras. Un famoso programa de la televisión peruana las invitó para que demostraran sus habilidades ante cámaras, algo que las condujo a una gira por varias partes del país del cebiche.

De manera simultánea al inicio de la gira, Carmen Rosa y sus compañeras, las cholitas luchadoras, empezaban la grabación del documental Mamachas del ring. “En 2005 grabamos el documental con Betty M. Park, una coreana neoyorquina, y Álex Muñoz, el camarógrafo. Con ellos viajamos a las peleas de Oruro, de Tarija e incluso del exterior”, recuerda.

Carmen Rosa asistió a la premier de la película en New York, donde se quedó una semana sin entender ni una palabra en inglés. “He ido a conocer, he visto cómo la han presentado y no solamente fue en Estados Unidos, se presentó también en Canadá y en otros países, pero a Bolivia no sé por qué no ha llegado”, dice mientras mira el afiche de las Mamachas del ring que se exhibe en otra de sus paredes.

El año pasado, Carmen Rosa viajó mucho con el grupo de Wálter Tataque Quisbert y así llegó a diferentes poblaciones donde fue testigo de muchas falencias. “Tienen una linda cancha sintética, pero no tienen agua y el aguatero solo va una vez a la semana. Tampoco tienen ni siquiera un centro de salud”, señala.

Es por la carencia que vio en las provincias, que Carmen Rosa se postula como segunda asambleísta departamental con el Movimiento Por la Soberanía (MPS), encabezado por Felipe Quispe, El Mallku, candidato a Gobernador del departamento.

“Sé que como persona de a pie no puedo hacer nada por El Alto, ni por La Paz, pero estando en el poder voy a tener voz y voto y no quiero ser una levantamano más, sino que mis opiniones se escuchen, mis decisiones se respeten como mujer, no solo como mujer aymara o como mujer de pollera, sino como mujer boliviana”, dice sin perderle el ojo a la olla sobre la cocina.

Es mediodía y “Las delicias de Carmen Rosa” comienza a llenarse de comensales obreros en su mayoría. Los hijos de ella, también luchadores, cuyos nombres artísticos son Dulce Rosa y Bismarck Jr., se aprestan a servir los platos con la ayuda de su papá, que hace también de réferi en algunas luchas. La comida está servida.

La Razón


lunes, 6 de enero de 2014

Cholitas luchadoras pelean por la vida

LA PAZ.- Un cuadrilátero. Paredes sin revocar, varias filas de sillas, puerta de chapa. Niños y adultos piden a gritos: "Que entre, que entre". Pero Carmen Rosa, la Campeona, no entra y se hace esperar. El cielo nublado, mucho frío en La Paz. El fervor crece con el calor de los aplausos y los gritos. Entonces se abre la puerta y hace su aparición. Carmen Rosa blande una bandera de Bolivia, en la otra mano enseña su cinturón rojo y dorado de campeona. En el cuadrilátero espera otra cholita: Yolanda, la Amorosa, que de amorosa parece que poco y nada. Carmen Rosa sube al ring. Deja el cinturón y la bandera, se quita la manta de seda y su sombrero. Remerita turquesa, pollera y zapatos rosados. Luchadoras se ven las caras. Referí da la orden. Se agarran de las trenzas y no se sueltan. La pelea tiene varios ida y vuelta: Carmen Rosa fuera del ring sostiene contra las cuerdas a Yolanda. Yolanda derriba a Carmen Rosa y salta encima de ella para caerle con el codo en el estómago. Carmen Rosa se arroja encima de Yolanda pero ésta se agacha y la otra besa las tablas. Couch de Yolanda sostiene por la cabeza a Carmen Rosa mientras Yolanda muestra al público un cajón de verduras vacío. La gente abuchea. Pero es igual: lo rompe en la cabeza de Carmen Rosa y ésta vuelve a besar las tablas. Pero la Campeona es de raza fuerte y se levanta. Tiene la mitad de la cara teñida en sangre. Le asesta un golpe a Yolanda, dos, la deja en el suelo. Entonces Carmen Rosa se sube a una de las esquinas y se tira encima de Yolanda. El referí cuenta, es el fin: la Campeona gana la pelea, levanta los brazos con la cara todavía llena de sangre. La gente aplaude.

Así es la vida de Carmen Rosa. Así de dura.

Polonia Ana Choque Silvestre se levanta a las 6. Pone agua en una cacerola, prende el fuego y sale a hacer las compras al mercado que está cerca de la iglesia de San Francisco de La Paz. Compra carne, papas, fideos, todo lo que se necesita para el almuerzo que servirá al mediodía en su fonda. Hija y esposo ayudan. A las 12 tienen que tener listo el almuerzo. Pelan papas, cortan pollo, hierven arroz y fideos. Van llegando los comensales: obreros, puesteros, jornaleros, gente de bajos recursos que llega y se sienta en las mesitas a comer su almuerzo en un respetuoso silencio. Polonia no para un segundo: saca platos nuevos, limpia los sucios, los vuelve a llenar de comida. A las 13.30 sale casi corriendo de la fonda porque conduce un programa de contenido social en la TV local. El programa va de 14 a 16. Como la mayoría de sus telespectadoras, ella también es de pollera, como se le dice usualmente a las cholitas en Bolivia. Se apagan las cámaras y sale del programa corriendo. Llega a su casa, recoge los platos que quedaron del almuerzo y se pone a lavarlos. Hija y esposo siguen ayudando. Le queda una hora para tomar su matecito de coca con pan y mermelada. Y después, todo otra vez, el ciclo, volver a empezar. Polonia sale a la calle, camina, compra papas, arroz, fideos. No se puede dar el lujo de parar. El día de mañana será igual que el anterior.

Así es la vida de Polonia Ana Choque Silvestre. Así de dura.

Ah, una cosa. Polonia Ana y Carmen Rosa son la misma persona.

"Mi nombre verdadero es Ana Polonia Choque Silvestre. El de luchadora es Carmen Rosa, aunque primero empecé como Juana la India, porque siempre en los buses me veían vestida como cholita y me señalaban y me decían Esta india. Pero luego apareció otra luchadora de nombre Juanita y lo tuve que cambiar por el de Carmen Rosa, que es así como se llamaba la madre de mi marido, que también era de pollera", nos cuenta, sentada en una de las mesitas de su fonda, llamada también Carmen Rosa. El lugar parece de película. El patio de una vecindad de estilo colonial. Una puerta de madera grande por entrada. Pilas de escombros, palanganas con ropa, las mesitas donde comen los clientes, el Choco, su perro, dando vueltas.

Luchar. La vida de Carmen Rosa acaso pueda definirse con esa palabra. Arriba del ring, abajo, todo el tiempo luchando. De sangre aymara, se define dura, o mejor dicho, de ñeque, que significa sólida como la tierra altiplánica donde crecen las raíces de su pasado. Unas raíces que no mueren y la mantienen firme en el ring. Siempre amó la lucha libre, ese deporte tan popular en Bolivia, introducido por la gran similitud cultural con el territorio azteca. Y es esa forma de pelear, pero a la vez de amar su condición de india, de chola, lo que la mantiene todavía en el ring. Acaso ese luchar no sea otra cosa que pelearle a la invisibilidad de las costumbres establecidas, a esas que dicen que la mujer aymara es maltratada por el hombre y sólo sirve para procrear y mantener la casa en orden. No. Una llave inglesa a todo eso. El amor por la lucha y por la liberación de la mujer y la reivindicación de sus raíces es lo que mantiene arriba del ring a Carmen Rosa. "Mi mensaje siempre es el mismo: la mujer no debería quedarse atrás, bien sumisa. Quiero demostrar que las mujeres, si tenemos algún objetivo, lo conseguimos. Porque las aymaras somos mujeres muy fuertes de cuerpo y corazón", explica.

"Yo era fanática de la lucha libre. Me gustaba ir a ver los shows que se daban aquí en La Paz. Pero los que peleaban siempre eran hombres, pues. Y un día me enteré que en la ciudad de El Alto se iban a abrir las puertas de un gimnasio para que puedan ir a entrenar para lucha libre tanto hombres como mujeres. A ese llamado asistimos como 50 personas. Éramos 20 mujeres. El entrenamiento era muy fuerte, a la par de los varones, teníamos una dieta muy estricta, y por todo eso muchos fueron quedando en el camino. Sólo los que amábamos la lucha libre seguimos adelante", nos cuenta Carmen Rosa. Aunque sus comienzos fueron todavía más difíciles. Un día su marido llegó borracho a la casa de la calle Murillo, cruzó el patiecito y fue directo a donde estaba Polonia, que recién comenzaba a ganar sus contiendas como Juana la India. Se plantó delante de ella y apenas pudo hilar una frase, pero se lo dijo: "Tienes que decidir. La lucha libre o tu familia". Ése fue el peor golpe que iba a recibir Carmen Rosa en toda su carrera. Con todo el dolor del mundo, pensó que no podía dejar la lucha libre, pero tampoco podía dejar a su familia. Entonces se dio cuenta. El problema mismo era la solución. No dejar ni una cosa ni la otra. Unir a la familia con la lucha libre, ésa era la clave: "Mi marido se llama Óscar Cahuasa, y hoy me apoya mucho en la lucha, porque él trabaja de referí. Tengo una hija de 23 años que se llama Lucía Corina, y hoy por hoy está peleando con el nombre de la Hija de Rosa. Mi hijo tiene 18 años y se llama Pablo Bismark, pero lucha con el nombre de Bismark Junior".

Asunto resuelto. Todo unidos dentro y fuera del cuadrilátero. Polonia Ana Choque Silvestre había ganado el round más importante de su vida.

Carmen Rosa es una de las primeras cholitas luchadoras que surgieron hace unos diez años. Las Mamachas del Ring es el grupo de luchadoras que hoy lidera esta mujer corpulenta y de sonrisa de oro. Se presentan todos los domingos en el centro Cultural El Ojo de Agua, de La Paz, aunque también pelean en barrios, escuelas y hasta hacen exhibiciones a beneficio de los más necesitados. "Se ha monopolizado la lucha libre de cholas. Las que pelean en El Alto no son cholas, sino que se visten de pollera para subir al ring. Además, los extranjeros tienen que pagar entradas costosísimas y si quieren sacar fotos, tienen que pagar más. Ni que hablar si alguien quiere filmar un documental o sacar fotos para algún medio. Una entrevista sale 300 dólares, un documental de 800 a 1000 dólares. Nadie puede hacer festivales en el Multifuncional de El Alto. Sólo su dueño, el señor Walter Mamani", cuenta con rabia Carmen Rosa, que se alejó de este tipo de espectáculo porque luchar, rebelarse contra la injusticia y la explotación es su leitmotiv, su modo de pelearle a la vida, dentro y fuera del ring. "Por pelea hoy ganamos 250 bolivianos. Cuando yo salí campeona estaba luchando en el Multifuncional de El Alto y nos explotaban: los turistas iban y nos veían y pagaban, pero el dueño se llevaba todo el dinero. Cuando salí campeona había unas 20 mil personas mirando y, ¿sabe cuánto gané? 120 bolivianos, que vendrían a ser algo así como unos 15 dólares".

"Como luchadora creo que ya voy terminando, estoy tratando de dejar lugar a los más jóvenes. Creo que tenemos que hacer lugar a las nuevas generaciones. Y yo ya estoy vieja y algo cansada de pelear", se sincera la Campeona con la voz entrecortada como si le estrangularan el cuello contra las cuerdas. Pero para Carmen Rosa la lucha es un modo de vida. Entonces, no puede dejar de pelear. Dejará el cuadrilátero, pero seguirá peleando desde abajo. Acaso la motivará lo mismo que la subía al escenario. Los derechos de las mujeres, el renacer de la aymara. "Estoy como vicepresidenta de un partido político que se llama Movimiento por la Soberanía. Me he metido en la política porque quiero que la mujer aymara, la mujer de pollera, siga saliendo adelante, que se culturice más para poder ocupar cargos. No quiero defraudar como defraudó Evo Morales a la gente, a los que hemos confiado en él."

Carmen Rosa se tiene que ir. Es tarde y todavía debe hacer las compras para el almuerzo de mañana. Después tendrá que ir a entrenar al gimnasio. Aunque anuncie su retiro, todavía no se baja del ring. O no la bajan. Porque todavía no hay quien haya podido hacerlo. Una cholita malvada y sanguinaria, un cajón rompiéndose en su cabeza, un manager explotador, un marido que le pide decisiones imposibles, la sociedad que ve a la mujer aymara como débil y sometida: el rival puede tener infinitas formas. Pero no hay quien pueda con ella. Por el momento, Carmen Rosa sigue peleando, porque como ella dice, es de ñeque, y ñeque en aymara quiere decir duro y fuerte como la tierra andina, esa tierra inquebrantable, inmortal.
así comenzó todo

La lucha libre de cholitas bolivianas es una versión de la ya mundialmente conocida y famosa lucha libre. Fue creada en El Alto (uno de los departamentos más pobres de todo Bolivia) allá por 2003, por un veterano de la lucha libre que encontró a unas cholitas que peleaban por la calle. Al ver el tumulto generado a partir de esa breve y colorida riña callejera, no tuvo mejor idea que organizar un show de Cholitas Luchadoras. Las primeras contiendas tuvieron lugar en el Coliseo Multifuncional de El Alto, aunque después ganaron notoriedad y se extendieron a todo Bolivia, incluso Perú. Hoy, las Cholitas Cachacanistas son mundialmente famosas y se presentan regularmente en varios países de América latina.

La Nación


Carmen Rosa: Una de las primeras cholitas luchadoras

Fue hace unos años. Me fui a vivir a La Paz porque estaba en guerra. Una guerra conmigo mismo, silenciosa, atrincherada bajo mi carne, sin ver la luz, enferma, con las moscas y las pestes y todas las enfermedades del mundo rondando en ese hueco-agujero-pozo negro, eso que era yo. Fue hace 5 ó 6 años. No recuerdo, tampoco es que el tiempo aquí sea lo importante. Pero sí el espacio. La Paz, Bolivia. 3600 metros sobre el nivel del mar. Y ahí estaba: viviendo en un territorio nuevo y caótico, con el Illimani de fondo, un lugar donde costaba respirar pero donde empezaba a darme cuenta que tenía más aire. Resignificando mi existencia, reseteando mi espíritu a base de borracheras fatales con singani o ajenjo, o con el descubrimiento de autores como Saenz o Vizcarra, o simplemente tendiendo mis raíces en un cielo con formas de cerros nevados, conociendo personajes que podrían ser pura ficción, pero que eran más reales que mi propia realidad: una estudiante de psiquiatría y amiga; un yatiri, un brujo aymara que no veía absolutamente nada y que lo veía todo; una hacker brasilera, una misteriosa femme fatale a la cual veía cada vez que viajaba a Santa Cruz de la Sierra, pero que no sabía dónde vivía ni cuál era su verdadero nombre; y a la cholita-luchadora-política-estrella de tv-cocinera, Carmen Rosa.

Y ella, ella es esta nota entera.

ENTRADA TRIUNFAL

Pensemos en imágenes. Hagamos como si esto fuera un documental. Imaginen paredes sin revocar, varias filas de sillas, puertas de chapa. En el medio un ring, un cuadrilátero improvisado y al aire libre. Niños pidiendo a gritos “Que entre, que entre”, pero Carmen Rosa, “La Campeona”, no entra y se hace esperar. Mucho frío en La Paz. Mucho calor en las tribunas. Y entonces sí, se abre la puerta y hace su aparición Carmen Rosa. Blandiendo una bandera del estado plurinacional de Bolivia, y a la vez enseñando su cinturón rojo y dorado de campeona. En el cuadrilátero espera otra cholita: Yolanda “La Amorosa”, que de amorosa, la verdad, para ser sincero, poco y nada. Carmen Rosa sube al ring. Deja el cinturón y la bandera y se quita la manta de seda y su sombrero. Remerita color turquesa, pollera y zapatos rosados. Luchadoras se ven las caras. Referí da la orden y se agarran de las trenzas y ya no se sueltan. El match tiene varias idas y vueltas: Carmen Rosa fuera del ring sostiene contra las cuerdas a Yolanda. Yolanda derriba a Carmen Rosa y salta encima de ella para caerle con el codo en el estómago. Carmen Rosa se arroja encima de Yolanda pero esta se agacha y la otra besa las tablas. Entrenador de Yolanda con pinta de mala leche sostiene por la cabeza a Carmen Rosa mientras Yolanda muestra al público un cajón de verduras vacío. Brava, la Yolanda. La gente abuchea, pero es igual que abuchee: sin más, lo rompe en la cabeza de Carmen Rosa y ésta besa una vez más las tablas. Pero la campeona es de raza fuerte y se levanta. La mitad de la cara bañada en sangre. Le asesta un golpe a Yolanda, dos, la deja en el suelo. Carmen Rosa se sube a una de las esquinas. Llena de sangre y despeinada y con los brazos en alto. Se arroja. El referí cuenta. Un, dos, tres, cuatro. diez. Es el fin: la Campeona gana la pelea, levanta los brazos con la cara todavía llena de sangre. La gente aplaude.

DIA A DIA

Polonia Ana Choque Silvestre se levanta a las seis de la mañana. Pone agua en una cacerola y prende el fuego y sale a hacer las compras al mercado que está cerca de la iglesia San Francisco de La Paz. Compra carne, papas, fideos, todo lo que se necesita para el almuerzo que servirá al mediodía en su fonda. Hija y esposo ayudan. A las doce tienen que tener listo el almuerzo. Pelan papas, cortan pollo, hierven arroz y fideos. Van llegando los comensales: obreros, puesteros, jornaleros, gente de bajos recursos que llega y se sienta en las mesitas a comer su almuerzo en un respetuoso silencio. Polonia no para: saca platos nuevos, limpia los sucios, los vuelve a llenar de comida. A la una y media sale casi corriendo de la fonda porque tiene un programa en la TV local. El programa va de 14 a 16. Como la mayoría de sus telespectadoras, ella también es de pollera, como se le dice usualmente a las cholitas en Bolivia. Se apagan las cámaras y sale del programa corriendo. Llega a su casa y recoge los platos que quedaron del almuerzo y se pone a lavarlos. Hija y esposo siguen ayudando. Le queda una hora para tomar su té de coca acompañado de pan y mermelada. Y después, todo otra vez, el ciclo, volver a empezar: Polonia sale a la calle, camina, compra papás, arroz, fideos. No se puede dar el lujo de parar. El día de mañana será igual que el anterior. Así es la vida de Polonia Ana Choque Silvestre. O de Carmen rosa, pero afuera del ring.

LUCHAR PARA SER LIBRE

Luchar. La vida de Carmen Rosa acaso pueda definirse con esa palabra. Arriba del ring, abajo, todo el tiempo luchando. De sangre aymara, se define dura, o mejor dicho, de ñeque, que en aymara significa sólida como la tierra altiplánica donde crecen las raíces de su pasado, unas raíces que no mueren nunca y la mantienen firme arriba del ring. Dice que siempre amó la lucha libre, ese deporte tan popular en Bolivia, introducido por la gran similitud cultural con el territorio azteca. Y es esa forma de pelear, pero a la vez de amar su condición de “India”, de chola, la que la mantiene todavía arriba del ring. Acaso ese luchar no es otra cosa que pelearle a la invisibilidad de las costumbres establecidas, a eso que dice que la mujer aymara es maltratada por el hombre y sólo sirve para procrear y mantener la casa en orden. No. Una llave inglesa a todo lo establecido por el machismo. “Mi mensaje siempre es el mismo: la mujer no debería quedarse atrás, bien sumisa. Quiero demostrar que las mujeres, si tenemos algún objetivo, lo conseguimos, porque las aymaras somos mujeres muy fuertes de cuerpo y corazón”.

LA FAMILIA

“Yo era fanática de la lucha libre. Me gustaba ir a ver los shows que se daban aquí en La Paz. Pero los que peleaban siempre eran hombres, pues. Y un día me enteré que en la ciudad de El Alto se iban a abrir las puertas de un gimnasio para que puedan ir a entrenar tanto hombres como mujeres. A ese llamado asistimos como 50 personas. Eramos 20 mujeres. El entrenamiento era muy fuerte, a la par de los varones, teníamos una dieta muy estricta, y por todo eso muchos fueron quedando en el camino. Sólo los que amábamos la lucha libre seguimos adelante”, nos cuenta Carmen Rosa, aunque sus comienzos fueron todavía más difíciles. Un día su marido llegó borracho a la casa de la calle Murillo, cruzó el patiecito y fue directo a donde estaba Polonia, que recién comenzaba a ganar sus contiendas como Juana “La India”. Se plantó delante de ella, y apenas pudo hilar una frase, pero se lo dijo: “Tienes que decidir. la lucha libre o tu familia”. Y ese fue el peor golpe que iba a recibir Carmen Rosa en toda su carrera. Con todo el dolor del mundo pensó que no podía dejar la lucha libre pero tampoco podía dejar a su familia. Entonces se dio cuenta. El problema mismo era la solución. No dejar ni una cosa ni la otra. Unir a la familia con la lucha libre, ésa era la clave: “Mi marido se llama Oscar Cahuasa, y hoy me apoya mucho en la lucha, porque él trabaja de referí. Tengo una hija de 23 años que se llama Lucía Corina y hoy por hoy está peleando con el nombre de ‘La Hija de Rosa’. Mi hijo tienen 18 años y se llama Pablo Bismark pero lucha con el nombre de ‘Bismark Junior’”.

CUESTION DE PESOS

Carmen Rosa es una de las primeras cholitas luchadoras que surgieron allá por el año 2000. Las Mamachas del Ring es el grupo de luchadoras que hoy lidera esta mujer corpulenta y de sonrisa enchapada en oro. Se presentan todos los domingos en el centro Cultural “El Ojo de Agua”, de La Paz, aunque también pelean en barrios, escuelas y hasta hacen exhibiciones a beneficio de los más necesitados. “Se ha monopolizado la lucha libre de cholas. Las que pelean en El Alto no son cholas sino que se visten de pollera para subir al ring. Además, los extranjeros tienen que pagar entradas costosísimas y si quieren sacar fotos, tienen que pagar más. Ni qué hablar si alguien quiere filmar un documental o sacar fotos para algún medio. Una entrevista sale 300 dólares, un documental de 800 a 1000 dólares. Nadie puede hacer festivales en el Multifuncional de El Alto. Sólo su dueño, el señor Walter Mamani”, cuenta con rabia Carmen Rosa, que se alejó de este tipo de espectáculo porque luchar, rebelarse contra la injusticia y la explotación, es su leitmotiv, su modo de peleársela a la vida dentro y fuera del ring. “Por pelea hoy ganamos 250 bolivianos. Cuando yo salí campeona estaba luchando en el Multifuncional de El Alto y nos explotaban: los turistas iban y nos veían y pagaban, pero el dueño se llevaba todo el dinero. Cuando salí campeona, había unas 20 mil personas mirando y, ¿sabe cuánto gané? 120 bolivianos, que vendrían a ser algo así como unos 15 dólares”.

SEGUIRLA ABAJO DEL RING

“Como luchadora creo que ya voy terminando, estoy tratando de dejar lugar a los más jóvenes, creo que tenemos que hacer lugar a las nuevas generaciones. Y yo ya estoy vieja y algo cansada de pelear”, se sincera la campeona, con la voz entrecortada como si los años y el día a día le estrangularan el cuello contra las cuerdas. Pero para Carmen Rosa la lucha es su modo de vida. Y entonces no puede dejar de pelear. Dejará el cuadrilátero pero seguirá peleando desde abajo. “Estoy como vicepresidenta de un partido político que se llama Movimiento por la Soberanía. Me he metido en la política porque quiero que la mujer aymara, la mujer de pollera, siga saliendo adelante, que se culturicen más para poder ocupar cargos. No quiero defraudar como Evo Morales a la gente, a los que hemos confiado en él”.

Y Carmen Rosa se tiene que ir. Es tarde y todavía debe hacer las compras para el almuerzo de mañana. Después tendrá que ir a entrenar al gimnasio. Aunque anuncie su retiro todavía no se baja del ring. O no la bajan. Porque todavía no hay quien haya podido hacerlo. Una cholita malvada y sanguinaria, un cajón rompiéndose en su cabeza, un mánager explotador, un marido que le pide decisiones imposibles, la sociedad que ve a la mujer aymara como débil y sometida: El rival puede tener infinitas formas. Pero no hay quien pueda con ella. Por el momento, Carmen Rosa sigue peleando, porque como ella dice, es de ñeque, y ñeque en aymara quiere decir duro y fuerte como la tierra andina, esa tierra inquebrantable, inmortal.

El Día



viernes, 21 de enero de 2011

Cholitas Luchadoras en Sao Paulo (Brasil)







Carmen Rosa "La Campeona" y las "Mamachas del Ring" en un programa de Televisión de Sao Paulo, Brasil.

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